domingo, 19 de enero de 2014

¿La soledad es nuestra prisión o nuestro refugio?

La Casa de Asterión
de Jorge Luis Borges



Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: "Ahora volvemos a la encrucijada anterior" o "Ahora desembocamos en otro patio" o "Bien decía yo que te gustaría la canaleta" o "Ahora verás una cisterna que se llenó de arena" o "Ya verás cómo el sótano se bifurca". A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.
Esto no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor.
Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá que me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba un vestigio de sangre.
– ¿Lo creerás, Ariadna? – dijo Teseo -. El minotauro apenas se defendió.



Reflexiones sobre el cuento

Lo que me gusta de este cuento es que se puede hacer muchas lecturas de esta historia.

Puede tomarse como una metáfora de la antítesis entre la manera en que nos percibimos a nosotros mismos y la manera que nos ven los demás. He leído opiniones que dicen que los esquizoides somos egocéntricos, quizás tengan razón en el sentido que pasamos mucho tiempo enfocados en nosotros mismos, y también en muchos casos nos cuesta ponernos en el lugar de los otros al analizar el mundo circundante. No estoy diciendo que lleguemos al extremo de Asterión que tenía un egocentrismo de tipo infantil, al pensar que quizás fuera el creador de las estrellas y el sol. Pero sí debemos admitir que es difícil ser objetivos al analizarse a uno mismo y quizás por ese "orgullo esquizoide" no veamos nuestros defectos o lo consideremos virtudes. Tampoco podemos darle la razón a los demás simplemente por ser mayoría, pues la mayoría no siempre tiene la verdad, además en general no nos conocen lo suficiente para hacer una crítica acertada. ¿Somos monstruos o víctimas por ser diferentes? ¿Tenemos elección de ser diferentes o integrarnos?

Otro tema que surge es que nuestro hogar puede ser nuestra cárcel o que podemos convertir nuestra cárcel en un hogar. Hay cosas que no elegimos, se nos dan, como el laberinto al minotauro. Sin embargo, la manera en que las asumimos, los sentimientos que nos provocan es asunto nuestro. Podemos aceptarlas, negarlas, rechazarlas o tratar de cambiarlas, es nuestra decisión. ¿El laberinto era la cárcel o el refugio de Asterión? Aquí planteo la duda sobre el autoconvencimiento de que es mejor resguardarnos en nuestro territorio, que vivimos encerrados porque lo elegimos, que nuestro mundo no es tan limitado como los demás pretenden "La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo"

Por otro lado, tenemos el tema de la soledad, la libertad, el miedo a enfrentarse con otros. ¿Nos creemos más débiles de lo que somos? ¿Es una necedad enfrentarse al resto del mundo cuando nos ven diferentes y temibles?

Podríamos también ver al laberinto como nuestro mundo interior y a Asterión como las emociones reprimidas.

Aparece además el tema de la muerte como una redención. Es frecuente entre esquizoides plantear el tema del suicidio o la muerte en general ¿Será porque nuestro estilo de percibir el mundo nos lleva a no encontrarle sentido? ¿O tendrá algo que ver con las emociones aplanadas, que nos permite pensar fríamente los asuntos que a otros les causa sentimientos difíciles de manejar? ¿Habrá algo de verdad en que la vida solitaria es menos vida?

Dejo a los lectores la puerta abierta para opinar y pensar otras interpretaciones y conexiones con nuestro mundo esquizoide.

1 comentario:

DANNIEL FERNANDEZ LEDESMA dijo...

Hola Topo, te he leído, llegaste a saber que eras esquizoide empezando por tu asexualidad. Mi caso es diferente a mi si me atraían las chicas, pero era incapaz de llegar demasiado lejos con ella, porque no soporto la intimidad.

En otras palabras, que nunca fui capaz de llavarme ninguna chica a la cama. Hay personas que dicen que sin amor no se puede vivir, yo pensaba que era sin honra y sin honor.

Según Mikel soy un esquizoide medio tirando a alto, actualmente a los 52 años, el sexo no significa nada en mi vida, y a medida que ma vaya haciendo viejo, cada vez serán más débiles las pasiones y podré controlarlaw mejor.

Aunque al día de hoy me controlo en lo referente a las pasiones bastante bien. A pesar del nombre qjue aparezca como Daniel Feranndez Ledesma, en realidad soy SAntaigo García-Lavín Laso